Alguien, quien nunca ha visto la luz solar (porque ha permanecido en letargo o porque ha vivido como los habitantes de la caverna de Platón), abre por primera vez los ojos en medio de un bosque, mira a lo alto entre el follaje y piensa que la luz del sol es nada más que esos fragmentos diminutos que se cuelan entre las hojas. Pero más tarde desemboca en un abra del bosque donde recibe, de golpe, la entera plenitud de la luz, y queda poco menos que ciego. Internet es como ese bosque: o bien filtra la luz en fragmentos dispersos e insuficientes, o la muestra con una totalidad inabarcable y cegadora. Cualquiera puede pensar que, gracias a la tecnología, producir una investigación que en el pasado hubiese implicado visitar bibliotecas y archivos físicos muchas veces distantes hoy sólo conllevaría adentrarse unas horas, unos días, en la red para hallar todo lo que se proponga, sin levantarse siquiera del escritorio. Sin embargo: uno se interna en la web para hallar info...
Una memoria textual